y en medio de los muslos enlazados,
dos rosas de capullos inviolados
destilan y confunden sus esencias.
efrén rebolledo, el beso de safo
aquella noche no quise asistir a la hora feliz del sexo y decidí quedarme en el hotel con mis putas. ellas eran mías. las renté. iban a hacer lo que yo dijera, es decir, satisfacer mi principal fantasía. una era negra con un culo exquisito; tenía el cabello corto muy pegado al cráneo y unos labios deliciosos que podían morderse durante horas enteras. la otra era nívea con un cabello blanco que caía sobre sus hombros como la seda sobre la piel; podía recorrer con la lengua sus piernas largas y delgadas una y otra vez. no recuerdo sus nombres, y si alguna vez los supe, de seguro eran falsos. realmente no importa.
lo que yo quería era verlas; mirarlas de cerca mientras hacían posible el número más bello. deseaba estar presente pero ausente; participar sin interferir, que mi voz fuera como un ente controlador de todo. observarlas ahí: una sobre otra buscándose entre sí ese misterio que es el orgasmo, el placer. eran como un lascivo ying-yang; en momentos una constante lucha del bien y el mal; después la tregua de dios y satanás, como si por fin pudieran compartir el paraíso. yo miraba y controlaba excitado mi juego de ajedrez erótico. se cumplió mi fantasía. ahora sí estamos todos listos para irnos al infierno al que pertenecemos.
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